Il Triste Avocat (ii)

(una historia burlesca de ficción en la flora y fauna judicial)

Tal vez era el olor a humedad, polvo y papel o tal vez la mera presencia de gente con más de cinco horas en fila lo que termino de despertar a nuestro querido colega al llegar a la Inspectoría.

La fila para entrar, la fila para ver, la fila para hablar o la fila para perder el tiempo, todas saturadas de personalidades de cualquier clase. Personas de bajo estrato y mal olor, mujeres de buen ver y amigable aroma, caballeros de buen porte y gustos sexuales determinados, en fin, había de todo.

Tras haber pasado tres horas en la fila para ver, escuchando las quejas de aquella señora que se encontraba al frente y que no dudó en aprovechar a este jurista para hacer su respectiva consulta sin honorarios, el triste abogado llega a la respectiva ventanilla de archivo, con una breve lista de dos expedientes.- Buenos días señorita. Podría por favor facilitarme los expedientes números 2009-1138 y 2011-7232?Un momento por favor- exclamo la mujer de no más de veinticinco años y que vestía una ya desgastada chemise de color rojo en cuya espalda se leía: “El Poder Reside en el Pueblo”. -Doctor- exclamó la funcionaria- El expediente 2009-1138 está en sala de fuero, lo esta revisando una abogada; el 2011-7232 aún para la notificación.

Lleno de paciencia y a contrarreloj como siempre, el abogado va a la fila para hablar, donde al menos tiene quince personas por delante, ninguna abogado, ninguna con audiencias en tribunales en menos de cinco horas, ninguna que dependa de esa diligencia para mantener su trabajo, todas pueblo, todas con poder. Pasan cuarenta y cinco minutos, cuando el abogado llega a esa fea, sucia y deformada puerta de madera mal pintada de azul, que se mantiene cerrada, en espera de que algún funcionario asome su cabeza y pregunte “¿Qué desea?”. – Me han informado en el archivo que el expediente 2009-1138 se encuentra acá y necesito verlo con urgencia. -¿Quién lo tiene? pregunta el funcionario. –No sé, solo me dijeron que estaba acá- responde el colega ya algo cansado. –Espere un momento, déjame ver si lo están trabajando; esbozo la cabeza que se asomaba por esa fea, sucia y deformada puerta de madera mal pintada de azul mientras se cerraba y a la vez era trabada por una silla. Alrededor de una hora trascurrió, asomándose y escondiéndose la cabeza del funcionario, repitiendo en cada tanto: “Lo están buscando aun, espere ahí que yo le aviso.” Quince minutos después del ultimo aviso, apareció este funcionario con suerte de Gato de Cheshire y de manera muy natural dice: “Ese expediente se pasó a archivo ahorita, hubo un acto” – ¿Cómo? exclama el joven jurista a la vez que nerviosamente empieza a hojear su agenda. – Si, el acto se realizó hace una hora y como el representante del patrón no vino, se acordó el reenganche y los salarios caídos. –Imposible- en tono tembloroso afirmaba el avocat- Si ayer vine y no se había fijado aun en cartelera la fecha del acto. –Es que esa cartelera no se actualiza siempre, Ud. tiene que venir y preguntar acá para saber, acaso ¿Ud. es abogado?, no pareciera-. Acto seguido, se cierra la fea, sucia y deformada puerta de madera mal pintada de azul, desprendiéndose un pedazo de chapa y cayendo al suelo.

Inmediatamente nuestro querido amigo entra en cólera, pero no hay nadie a quien reclamar, solo los trescientos trabajadores que a diario se presentan a obstaculizar la administración de justicia con sus sucias carpetas y copias, haciendo las mismas preguntas día a día, los abogados con cierta influencia, que son amigos de los funcionarios y aportan generosas donaciones a diario y dos o tres abogados llorando en alguna silla de plástico al saber que no podrán volver a entrar nunca más en sus respectivos bufetes.

-Calma amigo- exclamo una suave y gentil voz en su espalda. Era un señor de al menos sesenta y cinco o setenta años de edad. Vestía un elegante traje negro, con camisa blanca almidonada, corbata negra de seda y yuntas de oro. En su mano solo tenía un papel saturado de numeros, un sobre blanco no mas grande que un billete y una pequeña caja negra. Su mirada era la de un hombre gentil pero cansado; sus cabellos blancos como la nieve le daban un aire señorial. -Tengo casi cincuenta años ejerciendo y esto siempre ha sido así; sino te controlas no vas a llegar ni a los cinco- exclamó mientras tomaba al joven del brazo y lo llevaba con él a la fila para mirar.

A todas estas, nuestro amigo abogado se dejó llevar, ya no había caso, el procedimiento estaba perdido, la ilusión de un ascenso estaba totalmente imposibilitada y esto se le veía en los ojos cristalizados. –Cambia ese animo, todo tiene solución. A ver, dame el numero del expediente- exclamaba el anciano mientras sacaba otro sobre de su saco y una pluma fuente. –Aja, expediente numero 2009-1138- Posteriormente, sacó un celular y marco un número, tuvo una breve conversación a voz muy baja y procedió a finalizar la llamada. A los poco minutos apareció un funcionario, que había salido por unas de las puertas grandes de madera y tomo el sobre. El joven y el anciano siguieron en la fila para ver como por cuarenta y cinco minutos más, cuando de pronto el funcionario apareció nuevamente con un acta reponiendo el procedimiento desierto y fijando una nueva audiencia en la cartelera de actos. –Ves como todo tiene solución- exclamaba el viejo con una linda sonrisa. ¿Pero cómo? replico el abogado. –Bueno, a veces hay que hacer a un lado el intelecto y aplicar el poder, no el del pueblo, sino el de los próceres que vigilan atentos al Estado desde los billetes. Por cierto mi nombre es

El joven en forma de agradecimiento conversó con el anciano durante media hora más, mientras este llegaba a la ventanilla. En la conversación el anciano le contó como fueron sus épocas de estudiante, su primer trabajo como abogado, su primer escritorio jurídico y sus éxitos laborales.
Buenos días Dr., ¿cómo esta Ud. hoy?; preguntó la señorita de chemise roja de la ventanilla. – Muy bien Consuelo, me reuniste lo que te pedí- respondió el viejo abogado mientras pasaba disimuladamente el sobre abultado que llevaba en la mano junto la pequeña hoja de papel. –Claro Dr., me tomo un trabajon, pero esta todo listo, déjeme que salga y lo lleve al escritorio donde le coloque los expedientes.

La funcionaria, el anciano y el joven, caminaron por aquellos pasillos de húmedo olor hasta un cubículo, donde se encontraba un escritorio y al menos doscientos expedientes encima y debajo del mueble. Eran los últimos doscientos expedientes donde el anciano había actuado como abogado. Todos gruesos, repletos de actas, pruebas y escritos. Todos llenos de polvo y con ese repulsivo olor que siempre flotaba en esa oficina. –Sorprendente que uno en su vida como abogado gaste tanto papel  y tinta ¿no?- exclamó el viejo mientras sonreía. -¿Qué es esto? ¿Para qué quiere ver tantos expedientes?- preguntó sorprendido el joven abogado. Colocando la pequeña caja negra en el escritorio, y reordenando en columnas los expedientes alrededor del mueble, en una suerte de fuerte o muralla, el anciano explicó: – Te comente que fui un abogado de éxito durante toda mi carrera. Pero ese éxito exigió sacrificio, un sacrificio mayor que el intelectual, un sacrificio personal. Todas las horas que perdemos en nuestras vidas no son gratis, deben salir de algún lugar y las mías salieron de los almuerzos que no tuve con mi familia, de los aniversarios que no celebre, de los problemas de mis hijos que no pude escuchar, de los cumpleaños que no pude celebrar y me aislaron, de los besos y abrazos de mi esposa que no pude disfrutar y hoy extraño. Tengo diez años solo, para mis hijos soy un extraño y para los que están acá, soy un dispensador de sobrecitos. No me decepciono de mi carrera, me decepciono del sistema. El sistema debe cambiar, no es posible que una persona deba estar horas en líneas para recibir un mal trato. No es posible que jóvenes como tu, deban ser vejados por funcionarios públicos no capacitados. No es posible que esto continúe así. ¿Te comente que mi padre fue químico y me enseño muchas cosas?  Era un hombre curioso e impredecible. Una de las cosas que aprendí –comentaba el anciano mientras abría la pequeña caja negra- es que es posible modificar la naturaleza de las cosas. Solo se requieren los elementos necesarios, por ejemplo, tinta de impresora, trinitrotolueno, epoxi  y voila! –exclamó emocionado mientras daba palmadas con sus manos en los expedientes ya apilados que contenían diez años de arduo trabajo, jurídico y químico-.

En la pequeña caja negra había varios filamentos de cobre, los cuales el anciano muy delicadamente colocaba dentro de cada expediente. Al finalizar sacó un aparato robusto que a simple vista parecía de elaboración casera, no más grande que un control remoto de televisor. –Al darle a este botón- explicaba alegremente el anciano –este dispositivo generara unas ondas eléctricas que serán atraídas por cada filamento de cobre produciendo pequeñas chispas en el papel. ¡Sorprendente lo que gastamos en papel los abogados en diez años ¿eh?¡ ¡Y ni te cuento lo que se gasta en tinta!

Ya preparado y con aire tranquilo, el anciano proclamo: -Hijo, tu acto ya fue repuesto, pero creo que será suspendido al menos durante un año mientras organizan esto, así que tomate la vida con calma, disfruta de tu familia y amigos y recuerda hacer como yo: imprime en doble cara para ahorrar papel. Ahora, vete que tengo tiempo que recobrar.

A un paso intranquilo pero lento, el joven abogado fue bajando las escaleras del edificio, se tropezó con una señora embarazada, le comentó que regresara mañana, que ya no atendían por hoy y se dispuso a ir a casa de su madre a conversar y ayudarla en el almuerzo, al fin y al cabo, ese día suspendieron todas las audiencias en la ciudad.

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Escrito por Rafael M. Martinez - Abogado Senior

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